Uno de los grandes dramas de la educación, y si, en pleno siglo 21, es la inmensa grieta que existe entre lo que se estudia en las universidades y las necesidades reales del mercado. El “producir” abogados, periodistas, administradores, por decir algunas profesiones, de forma masiva es un ácido corrosivo para la moral y esperanza de miles de jóvenes alrededor del mundo.

Es que muchas universidades, creo que sin quererlo, se abocan a generar o “regalar” títulos y diplomas de profesiones que saturan y complican más el maltrecho panorama laboral existente. Dejando a los profesionales en una especie de arenas movedizas, que en muchos casos se salvan de la quema, reciclándose a través de máster o postgrado que no tienen nada que ver con lo invertido inicialmente.

Quizás por vocación o necesidad, deberíamos planificar muy bien la correlación con los mercados productivos, de tal manera que entren al mercado laboral, personas que realmente van ocupar una posición de relevancia en la sociedad. Y no generar y frustrar generaciones, quienes poco tienen que hacer, o por el contrario, emprender aventuras forzadas como dejar su país de origen o abordar el auto-empleo a través de programas de emprendedores impulsado por algún gobierno de turno.

Una investigación de mercado rigurosa y crítica es necesaria. Las universidades deben abordarla sin demora y acercarla a los futuros profesionales. Muy en especial las universidades públicas, cuyos recursos, por razones obvias han de ser optimizados, y generar el retorno sobre la inversión que demanda la sociedad. Es un tema de prioridad y necesidad imperiosa que se debe abordar con la mayor transparencia y voluntad política.